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Lunes 13 de agosto de 2007

Falú y Marziali en un reencuentro celebrado

Ante un público numeroso y entusiasmado, los músicos compartieron el escenario del aula magna.
Santiago Giordano
De nuestra Redacción
mailto:sgiordano@lavozdelinterior.com.ar

Una sala repleta -la siempre activa y atenta a la calidad Aula Magna de la Facultad de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales-; un público afectuoso y entusiasta que escuchó y aplaudió -en ese orden-; dos artistas que representan con coherencia la parte que les corresponde de ese universo inagotable que debe ser la música argentina; la grabación de un disco en vivo. El folklore aún es capaz de producir esas cosas, nunca termina de dar sorpresas. Así fue como el sábado pasado Juan Falú y Jorge Marziali se encontraron en Córdoba para compartir un escenario, a partir de creaciones de cada uno y trabajos en común. Dos temperamentos distintos se conjugaron para articular un espectáculo que durante poco más de dos horas desplegó un repertorio selecto y variado, interpretado de manera egregia.

De los dos, Falú pareciera ser el más reflexivo, portador sano de esa vocación a la introspección que suelen tener los guitarristas; desde ahí parte para cumplir ese viaje "De la raíz a la copa", como dice el gato, en el que el instrumento se convierte en la prolongación implacable de la idea. Toca con la autoridad de los que saben y el placer de los que aman lo que hacen.

Marziali aparece como el más directo; más que cantar manifiesta, con la voz al servicio del ímpetu que refleja buena parte de sus canciones. Pero también sabe lograr matices cuando los versos lo sugieren. Sus temas pueden ser sarcásticos o sentimentales, y detrás de sus palabras siempre hay un fundamento.

La conjunción de estas personalidades produjo momentos muy inspirados, para felicidad de los que estuvieron y tranquilidad de los que lo podrán escuchar en el futuro disco -que ojalá logre buena distribución-.

Unión y alternancia. Con un silencio respetuoso y expectante como fondo, pasadas las 22 comenzó a sonar, inconfundible, la introducción de la chacarera Del 55, esa hermosura de los hermanos Núñez. Encorvado sobre su instrumento, Falú sumó belleza a la belleza, con la inventiva, la elegancia y la simplicidad hecha virtud de su lenguaje instrumental.

Marziali cantó las estrofas y el inicio no pudo ser mejor. Tras Póngale por las hileras, la cueca de Félix Dardo Palorma, la presentación quedaba hecha: un tucumano y un cuyano compartían canciones.

Hubo bromas, diálogos, brindis y el clima distendido que saben tener los reencuentros deseados. En la alternancia y en la unión, pasaron sugestivas versiones de la zamba Blanco y azul y La Jewsburiana -una chacarera que el mismo Falú dedicó al guitarrista riocuartense Jorge Jewsbury- y la canción La distancia es una pena, un primor de simple y redonda belleza, de Marziali. Llegaría después Ese Manuel que yo canto -el homenaje a Castilla, que estuvo precedido por su soneto La casa-. También Recuerdos del Portezuelo, cantada por Falú con la voz de los que cantan porque les urge; el gato De la raíz a la copa y la bellísima Resolana, de Falú -don Eduardo- y Dávalos.

El final fue para las creaciones conjuntas. Milonga del desocupado, La de Khayam, Yo soy Juan y el tango Me dicen Georgie, además de una serie de bises exigidos a fuerza de aplausos por un público festivo -no festivalero-, pusieron el broche a un encuentro que al final resultó ser un homenaje transitivo entre público, artistas y repertorio. En constante ida y vuelta.