
Una sala repleta -la siempre activa y atenta a la calidad Aula Magna de la
Facultad de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales-; un público afectuoso y
entusiasta que escuchó y aplaudió -en ese orden-; dos artistas que representan
con coherencia la parte que les corresponde de ese universo inagotable que debe
ser la música argentina; la grabación de un disco en vivo. El folklore aún es
capaz de producir esas cosas, nunca termina de dar sorpresas. Así fue como el
sábado pasado Juan Falú y Jorge Marziali se encontraron en Córdoba para
compartir un escenario, a partir de creaciones de cada uno y trabajos en común.
Dos temperamentos distintos se conjugaron para articular un espectáculo que
durante poco más de dos horas desplegó un repertorio selecto y variado,
interpretado de manera egregia.
De los dos, Falú pareciera ser el más
reflexivo, portador sano de esa vocación a la introspección que suelen tener los
guitarristas; desde ahí parte para cumplir ese viaje "De la raíz a la copa",
como dice el gato, en el que el instrumento se convierte en la prolongación
implacable de la idea. Toca con la autoridad de los que saben y el placer de los
que aman lo que hacen.
Marziali aparece como el más directo; más que
cantar manifiesta, con la voz al servicio del ímpetu que refleja buena parte de
sus canciones. Pero también sabe lograr matices cuando los versos lo sugieren.
Sus temas pueden ser sarcásticos o sentimentales, y detrás de sus palabras
siempre hay un fundamento.
La conjunción de estas personalidades produjo
momentos muy inspirados, para felicidad de los que estuvieron y tranquilidad de
los que lo podrán escuchar en el futuro disco -que ojalá logre buena
distribución-.
Unión y alternancia. Con un silencio respetuoso y
expectante como fondo, pasadas las 22 comenzó a sonar, inconfundible, la
introducción de la chacarera Del 55, esa hermosura de los hermanos Núñez.
Encorvado sobre su instrumento, Falú sumó belleza a la belleza, con la
inventiva, la elegancia y la simplicidad hecha virtud de su lenguaje
instrumental.
Marziali cantó las estrofas y el inicio no pudo ser mejor.
Tras Póngale por las hileras, la cueca de Félix Dardo Palorma, la presentación
quedaba hecha: un tucumano y un cuyano compartían canciones.
Hubo
bromas, diálogos, brindis y el clima distendido que saben tener los reencuentros
deseados. En la alternancia y en la unión, pasaron sugestivas versiones de la
zamba Blanco y azul y La Jewsburiana -una chacarera que el mismo Falú dedicó al
guitarrista riocuartense Jorge Jewsbury- y la canción La distancia es una pena,
un primor de simple y redonda belleza, de Marziali. Llegaría después Ese Manuel
que yo canto -el homenaje a Castilla, que estuvo precedido por su soneto La
casa-. También Recuerdos del Portezuelo, cantada por Falú con la voz de los que
cantan porque les urge; el gato De la raíz a la copa y la bellísima Resolana, de
Falú -don Eduardo- y Dávalos.
El final fue para las creaciones
conjuntas. Milonga del desocupado, La de Khayam, Yo soy Juan y el tango Me dicen
Georgie, además de una serie de bises exigidos a fuerza de aplausos por un
público festivo -no festivalero-, pusieron el broche a un encuentro que al final
resultó ser un homenaje transitivo entre público, artistas y repertorio. En
constante ida y vuelta.
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