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Sábado 25 de setiembre de 2004
"El artista tiene la obligación de apostar por la belleza" 
A pocos días de haber editado “Padentrano” -su nuevo trabajo discográfico-, Jorge Marziali habló en exclusiva con “Río Negro”. La situación de la cultura nacional, el retroceso en la afirmación de una identidad y las obligaciones del arte son algunos de los temas analizados con este poeta y cantor que denuncia el “abandono cultural” al que se somete a los jóvenes.
La búsqueda de una belleza serena, arraigada, que sea síntesis de las corrientes previas al capitalismo salvaje es, para mí, la nueva forma de la transgresión. Han pasado muchos años desde el fin de la Guerra Fría y ninguna de las corrientes nacidas al influjo del sentido utilitario del arte (pos-modernismo) ha logrado consolidarse. Algunos de sus mentores han ganado dinero fácil (que es una de las formas del empobrecimiento), pero son meros mercachifles, incapaces de pintar una casita, componer el ‘Arroz con leche’ o realizar un movimiento armónico con sus cuerpos”.
El que habla es Jorge Marziali, músico popular, periodista y poeta que en los ’80 irrumpió con sus coplas y cantares, marcando un camino renovado para la canción criolla. Este juglar -que desprecia la palabra cantautor “por ser fea y por haber nacido de la merma cabeza del mercado”- acaba de acercarnos un ejemplar de “Padentrano”, su nuevo trabajo discográfico, editado por el sello ByM.
Marziali vive hoy recluido en una casona de Villa Elisa, rodeada por verdes arboledas y bucólicas quintas, cuarenta kilómetros al sur de Buenos Aires. Allí, al conjuro de guisos criollos y guitarreadas íntimas, terminó de darle forma a una exquisita selección de viejas y nuevas canciones. Y es allí donde “Río Negro” dialogó con él.
“Hace mucho que sentía la necesidad de retomar este discurso de los de ‘adentro’ y los de ‘afuera’ -confiesa-; parece un discurso antiguo, pero hemos retrocedido tanto que cobran vigencia los pensamientos elaborados para épocas que imaginábamos luminosas, superadoras y que fueron abortadas de cuajo, con muertos y desaparecidos incluidos. Prueba de ello -se entusiasma Marziali- es que los más jóvenes sienten que con este discurso uno está hablando de lo que les sucede a ellos y en realidad uno habla de lo que les sucedía a nuestros padres y a nosotros mismos: esa angustia de no poder enorgullecernos de nuestra identidad, de nuestros pensadores, de nuestros creadores, de las pequeñas cosas que hemos construido para forjar esta personalidad grande que ya somos y nos negamos a aceptar”.
-¿No cree que ya se ha hablado mucho del adentro y el afuera, del interior y Buenos Aires?
- Sí, efectivamente, se ha hablado mucho; pero es lo único que hemos hecho: hablar. Dígame usted en qué cosas ha cambiado la normativa, las leyes, en caso de que a alguien le importen las leyes en nuestra tierra (se ríe). Todos nos damos cuenta de los errores colectivos, de las taras que tenemos como sociedad organizada, pero muy pocos se animan a tomar medidas transformadoras, correctoras de esos errores históricos. Si no fuera así, ya tendríamos que tener, en veinte años de democracia, dos generaciones, por lo menos, de hombres patriotas, orgullosos de su tierra, seguros de su identidad, libres de pensamiento y creativos. Y todo lo que tenemos es una legión de muchachos resentidos y miedosos, confundidos ante tanto abandono cultural (para no hablar de otras hambres).
- ¿Cómo se hace para transformar en arte un pensamiento que parece más bien de la sociología?
- Somos un país de sociólogos; con un cursito de estadística habría aquí más sociólogos que quinieleros (vuelve a reírse). Pero usted me pregunta sobre cómo encaja la creación artística en esto. Vea, es muy sencillo: primero hay que aceptar que la dependencia es una realidad; uno no debe comportarse como el preso que le grita al carcelero que él no está preso, mientras el carcelero se va a su casa a comer y el preso recibe su ración a través de una reja. Lo primero es partir de nuestra condición de país dependiente, lo que no significa resignación. Entonces uno debe imaginar cómo ser creativo en la dependencia y llega a la conclusión de que lo mejor es volver a los orígenes con una mirada nueva. Ahora, si uno ni siquiera sabe cuáles son los orígenes, estamos sonados…
- Pero en su trabajo hay zambas, cuecas, milongas, resfalosas, no hay nada fuera de lo común…
- ¿Ah, no? Encienda la radio, haga un paseo por todo el dial y dígame si estoy o no fuera de lo común. Usted dice eso porque sabe que lo que hay en el disco es corriente, común, afín a una cultura que se ve en cualquier esquina del generoso país de “padentro”, el país de los “padentranos”. Pero para el mercado estoy fuera de lo común porque estoy adentro de lo nuestro, pensando en mi gente, estoy adentro con mis próceres del arte; tengo diálogos con Chabuca, con Manuel Castilla, con Zitarrosa; salgo de serenata con Carlos Montbrúm Ocampo y Félix Dardo Palorma; rasgueo como no se rasguea, nombro lo que no se nombra... todo lo que hago está fuera de lo común, en tanto lo común sea la negación de una identidad.
- Pero así corre el riesgo de no encajar en el gusto popular.
- Si lo que hago no encajara en el gusto popular sería, quizá, por lo formal pero no por el contenido. Usted sabe bien que el gusto es manejable y que hace años que viene siendo degradado con la complicidad de empresarios preocupados por el país (se ríe) y políticos capaces de dar la vida (de otro) por la patria (gran carcajada). El hecho de que el gusto haya sido degradado no nos obliga a los creadores a degradar el arte. El arte popular -respetuoso de sus raíces y consciente de su misión de acompañamiento de los procesos históricos- tiene la obligación -hoy más que nunca- de apostar por la belleza amasada por siglos, una belleza representativa y probada en la emoción y el crecimiento del alma de la gente.

Patricia Brañeiro

 
 


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