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Julio Lacarra recuerda a sus
antecesores y mira con esperanza las nuevas generacio-nes.
| Después de haber tentado los caminos
del sur en más de una oportunidad, recién hace casi un año, Julio Lacarra
se dio el gusto de andar por ellos, treparse a los escenarios y
desparramar su voz y su energía. A horas de su regreso al Teatro de la
Ciudad en Neuquén el viernes, a las 22, y sucesivamente al Galpón del
CIART, Centro Integral de Artes de Chos Malal y a Andacollo, Lacarra abrió
la charla con "Río Negro", repasando con tranquilidad recuerdos ligados a
su madre, fallecida a los 77 años hace apenas dos meses, cuando estaba
preparando con su hijo "Milonga Baya", de Julio Domínguez. Necesitaba
hablar de ella, de las huellas que le dejó... "Lo que hice en esta
vida, lo que intenté siempre, es aprender de los mayores. De muy chiquito
paré la oreja, presté mucha atención a lo que decían los viejos; tengo una
inclinación innata hacia eso. Siempre me detengo con los mayores a
escucharlos mucho, atento. Les pregunto de dónde vienen, cómo fue su vida,
aprendo muchísimo sobre la persona. Y eso no me fue ajeno con mis abuelos,
a los que pude ver cuando era pequeño. A los paternos los perdí cuando
tenía cinco años y los de la línea de mi madre, a los diez -el abuelo- y a
los dieciséis. Pero lo que me dejaron, me quedó grabado muy
fuerte...". "Hay viejos que se guardan las cosas y se mueren sin que
los hijos o los nietos los hayan conocido bien. Por fortuna, no fue así
con mis abuelos porque mi madre también se encargó de hacerme saber
historias de ellos, su infancia, cómo fueron cuando ella era niña, de lo
que eran sus abuelos. Por el lado de mi vieja, eran italianos y aborígenes
mezclados con españoles; mi bisabuela Pastora tenía claros rasgos nativos
venidos de la zona de La Pampa, recalaron en Areco y ahí se cruzaron con
la línea de mi papá, cuyos padres vinieron de Asturias". - El año
pasado cantaste en Gijón, precisamente... - "Fue una dicha estar en la
ciudad de donde salió mi abuelo que había sido minero. Si hubieras podido
ver lo que me pasó... (la voz de Julio va siendo ganada por la emoción).
Fue muy fuerte... Cuando canté la canción que compusimos con Lina
Avellaneda, "Con la sal en los ojos" -fui invitado por Rafael Amor, lleno
el Teatro Jovellanos- el público emocionadísimo me aplaudió de pie. Ahí
tuve el colofón de lo que había intentado al musicalizar las palabras de
Lina. Fue una comunión y en todos los lugares donde la canté, gustó, ante
públicos de mediana edad y de jóvenes universitarios". "Esto de conocer
a los que me antecedieron, lo que me dejaron, también se transmitió a mis
hijos. Es una herencia de mi madre que nos enseño desde muy chicos lo que
había sido la vida de los anteriores, sus penurias cuando trabajaban en el
campo por Chivilcoy, iban a las cosechas desde muy pequeños los hermanos
de mis padres. Trabajaron duro en la construcción, además. Mi viejo se
vino a Buenos Aires muy joven... Era vendedor y por un aviso del diario,
se presentó en las tiendas El Barato Argentino que funcionaban en el
interior de la provincia; fue a parar a Capitán Sarmiento y dio la
casualidad que mamá trabajaba como cajera ahí. Así se conocieron. Sé
pormenores de su romance, los ataques del petiso a la petisa, cómo la
perseguía". "El viejo tenía dotes histriónicas, era muy dúctil, y
juntos actuaban en comedias musicales en Capitán Sarmiento. Mamá era
cantora, a los doce años había ganado un concurso con un contrato para
venir a la Capital, a Radio Belgrano. Mis abuelos no pudieron enviarla
porque era muy chica y sus posibilidades económicas no daban para que
alguien la acompañara. Así que fue postergándose la cosa para ella y eso
hasta influyó en mis hijos, porque les hizo conocer lo que había sido su
vida, su esfuerzo, su pasión por el canto". - Florencia tiene... -
"Veintitrés y Francisco, veintiuno. Los dos han heredado esta búsqueda de
lo artístico. El varón, es mimo, está actuando en obras infantiles y con
cuanta junta musical haya, estudia guitarra; Florencia estudia danza en la
Escuela Nacional y los dos despuntan la cuestión del canto y la
composición. Yo dejo que hagan, son chicos responsables, se reúnen con
otros que tocan bien. Son una generación que no pierde el tiempo". - ¿A
la edad de ellos, te veías así? - "No. Son mucho más responsables, a mí
me llevaban los vientos. Yo siempre supe que tenía una valija esperándome
en la puerta y que con la guitarra me iba a ir a cualquier lado". - Y
fue así. - "De muy chiquito mi madre me decía: ahí va el andariego...
Agarraba una valijita y la guitarrita y me iba a casa de los vecinos.
Caminar y andar es lo que más me ha nutrido, me ha dado una visión del
mundo, de la gente de cada lugar, tener amigos por todos lados cuyo valor
es incalculable. Te acordás que hablábamos de tantos viajes postergados
por nuestro sur, ahora los estoy haciendo, recorriendo paulatinamente Río
Negro, Neuquén, Chubut, Santa Cruz, la Tierra del Fuego, un paisaje que
siempre me atrajo y una gente que tiene para mi una significación
especial; un público hondo, concentrado en lo que voy a decir, siempre
atento, que busca algo más. Es un territorio muy fecundo, con una
actividad que todavía el país no ha abordado, no ha descubierto". "Esta
vez voy a presentar mi último disco, entre otros muchos temas; canciones
que terminamos de masterizar hace un mes y medio, hechas con el poeta
platense Mingo Vibbot, de su libro "Retazos", y una tema de Ernesto
Jáuregui, sobrino del (Guri) Jáuregui de Quinteto Tiempo. Los musicalicé
con diferentes ritmos latinoamericanos, hay marineras, una guajira, una
balada muy profunda orquestada con bandoneón... Son canciones de amor
dedicadas a la mujer en distintos estados, un déficit que tengo en mi
cancionero. Tengo tres o cuatro canciones muy queridas y no redundo en
esas cuestiones. Soy puntual en ciertos temas, me conmocionan hechos de la
realidad, eso prende la mecha y escribo; o han sido canciones de amor y
lucha en tiempos de los setenta. Superarlas, es bravo". Eduardo
Rouillet |