El folklorista se luce con el repertorio y la interpretación en su quinto trabajo
Con el disco "Flores y ayuno", grabado en 2001, Claudio Sosa presentó un
trabajo notable. De su álbum más reciente, "En son de la tierra nueva", no se
puede decir menos que eso. A diferencia del álbum anterior, esta vez buscó en el
cancionero de otros autores, pero como intérprete no se apartó del camino que
venía transitando para realizar sus últimas producciones. Quizá por eso "En
son..." es un paso más en un mismo sendero.
Hay ciertas marcas muy
concretas que Sosa vio con mayor nitidez pisando sus treinta febreros y que
ahora (en la mitad de los treinta) siguen influyendo en su música.
Nació
en el 70 en la localidad tucumana de Monteros. A los 15 ya comenzaba a
frecuentar escenarios. Probó suerte por un par de provincias vecinas y a
principios de los noventa regresó al pago para grabar su primer CD. Tiempo
después se instaló en Buenos Aires.
Tuvo una pequeña ayudita, el
madrinazgo tácito de su tía Mercedes Sosa. Pero eso le duró poco. Es decir: el
apoyo filial nunca lo perdió; lo que decidió Claudio hace un tiempo fue darle
forma al discurso y a la estética de su música para imprimirle un carácter
personal. Esas son las marcas que fue encontrando en el camino. Comenzaron a
escucharse en su tercer disco, fueron evidentes en el cuarto y volvieron a
aparecer en el que acaba de editar.
Hace tres años con un socio
artístico, el patagónico Eduardo Guajardo, recorrió el país por lo que denominó
"ruta de la dignidad", con shows en fábricas recuperadas. Allí llevó las
canciones de "Flores y ayuno", placa que, según él mismo definió, no fue más que
el repertorio que estaba cantando por esos tiempos: "Tiene que ver con el
momento que vivo". Era el de muchos: 2001-2002.
En su lista aparecían
títulos como "Oración del remanso", de Jorge Fandermole, o los muy directos
"Náufrago en la Capi" y "Chacarera del olvidao", de Duende Garnica, mezclados
con "Arrorró huahua", del mismo autor (casi una canción de cuna con el toque de
la chacarera).
En su reciente trabajo aparece el tema que da título al
disco y la "Balada del cantorcito" (la zamba más criollita que aquí se escucha)
con versos muy directos. Sin embargo, en la mayor parte de este álbum, Sosa fue
más sutil, menos extravertido, aunque no sean necesarias varias escuchas para
descubrirlo; incluso hay un par de temas que el oído aprehende y retiene
rápidamente. Sólo se necesita un poco de atención.
"Somos de amor y de
leña / de changos rendidos, de frío y de agua / somos la tez del poniente / de
cardo, de musgo, de barro y de chapas", canta en uno de los versos del tema que
abre el CD, "Milonga para una vidala".
Buen ojo y buen oído
La música es de Claudio; la letra es de Pablo Dumit: una dupla muy
efectiva que se repite en el sexto track. Otros temas los adoptó terminados. Hay
de esos que hasta la publicación de este álbum no habían sido editados y otros
apenas conocidos por una minoría. Pero no figuran los títulos más clásicos. Es
que el tucumano tiene buen ojo y buen oído para elegir de entre lo más nuevo:
"Barquitos", una historia de aparente candidez, o el homenaje de "Carta al
hombre de los domingos". Y esto no le impide echar mano de piezas como "La
improlija", con unos cuantos guiños y códigos que hace tiempo deslizó con
picardía el talentoso Pepe Núñez, convertido en inobjetable influencia de
camadas actuales de músicos tucumanos.
Sosa se nutre de un cancionero
joven, quizá porque, aunque no sea letrista, forma parte de esa nueva producción
que existe y se escucha, a pesar de no estar relacionada a un movimiento visible
como fue el Manifiesto del Nuevo Cancionero, que por los sesenta impulsaron
poetas e intérpretes como Armando Tejada Gómez y Mercedes Sosa.
Todo
esto se completa con la instrumentación y sus arreglos. La guitarra del cantor
es el eje para el trabajo muy preciso de dos o tres músicos (Lalo Romero en
bajo, Diego de la Zerda en percusión y, a veces, Pablo Fraguela en piano). Tocan
apenas lo necesario y bien, lo que representa todo un ejercicio de virtud
aplicada a la canción, la chacarera, la zamba, el gato o la vidala.
Eso
abre paso a la interpretación de Sosa porque no es un cantante de variados
recursos vocales, sino un intérprete que desde un perfil más bien bajo hace
notar sus versiones. Por ejemplo: en el disco "Astillas de un pago", con temas
como "Vidala del sol" o "La plañidera", comenzó a dar pequeñas muestras muy
personales para la canción. Ahora ofrece en la última pista el exquisito
"Caminito", de Fernando Barrientos, una pieza pequeña y bellísima, en una
versión bellísima. No habría manera de cerrar "En son de la tierra nueva" de
mejor modo.
A Sosa le costará superar algunos momentos de la placa. Pero
si logró llamar la atención con "Flores y ayuno" y volvió a hacerlo con este
nuevo disco, tal vez podría obtener los mismos resultados con el próximo. Ojalá.
Mauro Apicella
| Miembro IAB.Internet Advertising Bureau |