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El que
llamaba por teléfono, desde Estados Unidos, era Warren
Bernhard, uno de los pianistas más admirados del mundo. Estaba
a punto de entrar al estudio para grabar Cordobalgia y quería
que su autor le explicara un poco la intimidad del sentimiento
de la canción. Daniel Homer le contó que Córdoba era la ciudad
donde había nacido y crecido, de la que siempre sentía
nostalgias y a la que alguna vez volvería definitivamente.
Estaba seguro de que así sería y aún lo está.
Daniel
Homer es parte de una familia cordobesa que se hizo sinónimo
de música, sobre todo de guitarra argentina. La cosa tal vez
empezó con el abuelo Isidoro, pero se afirmó con Carlos, un
músico popular cuya semilla fecundó en sus hijos hasta que la
guitarra levantó vuelos insospechados: Lalo, el mayor, marcó a
su vez el camino de Daniel. Después vinieron Obi y Lucas,
hijos de Lalo.
Y el talento maceró en los atardeceres
de Villa Cabrera, primero, y después en San Vicente, como para
que no queden dudas de la pertenencia de los Homer. Hoy,
Daniel y Lucas integran junto a Ricardo Lew (también
guitarrista) el Che trío, una propuesta capaz de reunir honda
sabiduría y frescura para plasmar una intención claramente
resuelta con fecundo sabor argentino.
En el repertorio
del trío caben las influencias más lúcidas y una variada
atención. Así, con las composiciones del propio Daniel como
punto de partida, pasan el Chango Rodríguez, Ernesto Cabeza,
César Camargo Mariano, Vince Mendoza y hasta Ennio Morricone y
Los Beatles juntos.
Todo fluye
“Es difícil
encontrar los mismos gustos y códigos”, dice Daniel, mientras
celebra que eso sea posible en el trío. Lucas (que por tocar
el bajo es la “oveja negra” de los Homer) dice que todo fluye,
que si bien hay arreglos de Daniel que son el punto de
partida, el resultado de cada versión es como el de los
sabores de un picnic, en el que cada uno aporta el suyo.
El trío se propone ser “sencillo sin ser simple y
elaborado sin ser sofisticado”, como se dice en el disco.
“Justamente, lo sencillo no siempre es fácil de hacer”, afirma
Lucas.
“La música instrumental generalmente no interesa
a los productores”, sostiene Daniel. Entonces, ¿cómo se
sostiene un proyecto así? “Pues, mientras tanto yo, por
ejemplo, toco con Víctor Heredia, de cuyos últimos dos discos
he sido arreglador, y Lucas, está junto a Teresa Parodi.
También siempre contamos con la generosidad de algunos músicos
como Lito Vitale, en Buenos Aires, o Mingui Ingaramo, aquí en
Córdoba”, explica.
“La búsqueda es hacia algo que suene
de acá, en definitiva, que sea de acá. Es como el árbol: las
raíces deben estar bien aferradas a la tierra, pero las ramas
tiene que crecer hacia arriba. No hay que renegar de lo que le
que a uno le pertenece”, dice Daniel, cuando se responde a sí
mismo a algunas de las preguntas esenciales que se
plantea.
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