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Cuando le digan que todo es cultura, no haga nada
Las divisiones entre música culta y popular -y las discusiones que las distintas posiciones animan- pertenecen al siglo pasado, décadas más décadas menos. Dato que no habla necesariamente más o menos bien, ni piadosamente regular, ni decididamente mal de la discusión en sí. Simplemente refleja lo inmóvil de una polémica sobre la que ya ningún argumento ejerce el peso necesario para introducirla sin la ayuda de una poderosa cuña en la categoría de "interesante". La realidad se ocupó de suministrar las pruebas suficientes para dar por terminada la discusión -basta sólo saberlas reconocer- y sin embargo, siempre aparece algún cajetilla que desempolva las viejas enciclopedias de la música y defiende esos enfoques decimonónicos para fogonear una dicotomía tan inútil como las discusiones bizantinas, aquellas que mantenían los griegos sobre el sexo de los ángeles, mientras debajo de los pies los moros les iban construyendo otras civilizaciones. Jamás será vencido. En un ejercicio de lógica elemental, acaso digno de uno de esos cursos con los que algunos docentes cosechan puntos, podríamos suponer que si una música se considera erudita, por oposición la otra debería ser ignorante o si una música es culta la otra tendría que ser inculta. Y si con el término cultura habitualmente nos referimos -o deberíamos- a los productos del ingenio humano en todos sus aspectos, terminaríamos por descubrir que la música popular es cuanto menos inhumana -además de poco ingeniosa-, justamente por la falta de cultura que le atribuye esta oposición. La ecuación -y la irresponsabilidad que la impulsa- nos está llevando muy lejos, lo que en sí no es malo -¿Qué querrá decir distancia en el ámbito de la cultura?-; lo peligroso es que podría alentar a esos populistas que nunca faltan, a terminar de una vez por todas con la cultura, que justamente por su carácter culto se constituye como una amenaza para el acervo popular. ¡El que no ignora es un gorila! Silencio, Dios existe. Ante lo enrollado de esta situación -no vaya a creer que es solo una ilusión de la dialéctica-, sería interesante barajar la posibilidad de no refugiarse en un lugar tan común en estos tiempos: el de considerar, por las dudas nomás, a todas las músicas por igual. Sería muy fácil y tan inútil como la oposición anterior. Poner en el mismo lugar una canción de "Banana" Pueyrredón -por citar una familia de abolengo, con nombre de avenida y todo- con el solo de John Coltrane en la versión de Round midnight del quinteto de Miles Davis del '56, por ejemplo, podría parecer un gesto de posmoderna tolerancia, de amabilidad conciliadora, de superación de prejuicios, de apertura progresista, de ejercicio de la libertad. ¡Las pelotas! No es otra cosa que una actitud evasiva, que al final de cuentas no dice nada ni de uno ni de otro. Y la cultura, justamente, se nutre de las posibilidades de decir, o sea reflexionar, sobre uno y sobre otro. Cuando el silencio entra a formar parte de la cultura, esta se desvía hacia el ámbito de la religión. Y todavía Dios no lanzó señales sobre la tierra como para que podamos interpretar, sin intereses de por medio, si es culto o popular. Lo otro, lo mismo. Sin embargo, existe un lugar en el que las viejas discusiones sobre las jerarquías musicales se diluyen sin necesidad de tener que emparejar para abajo. Un lugar en el que las reglas derivan naturalmente del juego entre la complejidad y las tradiciones, donde las músicas entran en una dialéctica provechosa con las culturas. Donde por ejemplo la López Pereyra -la tradicional zamba de Artidorio Cresceri- convive con un Lied sin palabras de Mendelssohn; donde Thelonius Monk dialoga con Gyorgy Ligeti, donde Yupanqui se pone al servicio de Bill Evans y viceversa. Y la convivencia se da no por silenciosa evasión o piadosa ignorancia o simple casualidad; se da por afinidades de espíritu y belleza, por un lado, y de complejidad e idea, por el otro. Que tampoco quiere decir que sea suficiente poner un acorde complejo sobre una melodía cándida para resolver el tema. Ojo que si el gesto no trasciende el artificio, la cosa no funciona. Concierto de los dones. Uno de los tipos cuyo universo musical le permite moverse con absoluta comodidad por estos lugares, es Manolo Juárez. El pianista, compositor y maestro de varias generaciones de músicos argentinos volvió a su "querida Córdoba natal" tan sabio y maravillosamente cascarrabias como siempre. Y como siempre su conversación es animada, capaz de saltar de Luigi Nono a Criollita santiagueña sin dejar de hablar de lo mismo y como al final no necesita tener razón, habla y escucha de la misma manera para que la charla se prolongue y se abra en una infinita mezcla de argumentos. El martes dio una clínica en la Escuela de Música La Colmena, en la que cuestionó y elogió músicas y músicos, con la pasión de los que entienden que las cosas hay que pronunciarlas para que existan. El miércoles se presentó en el Teatro del Libertador junto a Daniel Homer -criatura de la misma raza-, para mostrar que el virtuosismo no es pirotecnia. Sus versiones de clásicos del folklore -Zamba de mi esperanza, entre otros-, son de una elegancia ejemplar y una notable erudición armónica, que además de manifestarse en la delicadeza de los colores, lo hace en un riquísimo juego de modulaciones. Todo esto sin mover de su lugar una sola nota de la melodía original. Por su parte, Homer es de esos intérpretes que crearon un lenguaje instrumental personal. Su toque es inconfundible y no solo por su técnica: también una maravillosa sensibilidad lo distingue como músico más allá del guitarrista y como artista más allá del músico. Tanto en lo que tocaron cada uno por su lado, como lo que hicieron a dúo, Juárez y Homer mostraron sabiduría y pasión, puesta al servicio de la música. Un don.
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